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prensa de albacete

                              

Albacete, finales de 2000

El Pampaneo
SÁNCHEZ DE LA ROSA

Una ciudad ruidosa

No me importa decirlo una vez más, hay que acabar con el ruido como sea, por las buenas o por las buenas. Pensamos que tras la Feria, que produce decibelios y euforia con la misma intensidad, se iba a acabar esa barahúnda insoportable, tolerada cuando es fiesta y un día es un día, aunque este año la música, con una violencia descarada, se oyó hasta las siete de la mañana, o más. Creímos, digo, que con la ultima traca tendríamos un relativo silencio, el ruido urbano razonable, nuestro balamío local a la intemperie. Nada de eso. Las cosas siguen más o menos, y me parece que llegó el momento de la aplicación a rajatabla de todo lo escrito sobre el asunto, de todo lo acordado, los buenos propósitos de construir una ciudad habitable y discreta, esa ciudad alma que es el lema que el alcalde puso en su invisible escudo al iniciar el mandato, ciudad sin aristas, con el tráfico controlado, la capital para peatones que se ensayó el otro día, y cuyo efecto es imposible calcular porque al establecer territorios prohibidos no es fácil saber si no pasaron por el centro porque no podían o como respuesta a la invitación municipal. Lo que tenemos, en fin, es nuestro propio ruido, un caos perturbador, esturreándose los unos a los otros como animales, -lo repetiré otra vez- que altera un concepto primario de convivencia, y que es artificial y obsceno, ya se trate de un tubo de escape o de un claxon impertinente, o de una obra al borde de la acera, o de ese avión que rompe la velocidad del sonido sin venir a cuento, desplazándose sobre nuestras cabezas. Cuando Dios hizo el mundo -esta es una situación que me gusta recrear, relata referimus- no dijo, pongamos que al tercer día, hágase el ruido, y el ruido se hizo. Qué va. Cantaron los pájaros, sopló el viento, el arpa de hierba -no sé si el de Truman Capote, susurró en la inmensidad del universo, se oyó el rumor de las olas, incluso Adán silbó un poco antes de mordisquear la venenosa manzana, mientras Eva, que se olía el desahucio del paraíso, salió a comprarse ropa, pues ya en el Génesis la mujer no tenía nada que ponerse. ¿Y otros ruidos, de un martillo neumático, de una sierra, de un cohete? ¿Tal vez de una moto? Qué va. Nuestros primeros Padres viajaban entonces en el carro de la Osa Mayor, que era el Ave de las galaxias, cuya puesta en marcha fue posible porque aun no existía Álvarez Cascos, que se habría sacado de la manga un ramal, y gracias. Pero la familia creció, hizo ruido en la cocina, puso a toda pastilla el equipo de música, le compró al nene un tambor, enchufó la aspiradora. Mientras, la Administración contribuía al esplendor del alboroto, se apuntó al sonido articulado y confuso, proveyó de pitos a los guardias, y lo demás lo hizo el fútbol con carracas y bocinas, el orfeón bárbaro, las discotecas y su bakalao, y para entonces la ciudad ya era hostil, con sus sirenas, sus petardos y dos tíos desgañitándose en plena acera. No es por tanto culpa de la Providencia, cuya buena voluntad es evidente en el silencio los museos, en las iglesias, con fracasos estrepitosos en los cines y sus palomitas y en los teatros y sus toses.

Únicamente cuando truena nos acordamos de Santa Bárbara, pero truena, vaya que si truena, sin que sea necesario un temporal. Y es a lo que íbamos. Que ya va siendo hora de que le metamos mano al asunto, que mucha retórica, muchos acuerdos extravagantes, y mientras nos estamos quedando sordos, digo nosotros, que el Ayuntamiento quizá es un sordo de conveniencia. Esta es una ciudad ruidosa, de todas, todas ¿Hasta cuándo, queridos?

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