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opinión
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Madrid,
24/2/ 2002
La
juventud jejé, la juventud jajá
ELVIRA LINDO
Cada
dos años me entra la fiebre inmobiliaria. Cambiarme de
casa me excita. Pero es que, además, sistemáticamente
mis barrios son invadidos por los del 'botellón'. Podían
irse a la zona de Arco.
A
MÍ ME ENCANTA cambiarme de casa. Cada dos años o así me
entra la fiebre inmobiliaria. Así que mi santo, cuando
trae el periódico los viernes, antes de subir a casa lo
peina previamente del suplemento de Propiedades. Me ha
advertido, después de cinco traslados, que sólo
saldremos de esta casa con los pies por delante. Él dice
que es una declaración de amor, pero a mí me da como
susto. Desde que me la soltó, hay noches que, cuando
estamos en la cama, me da por pensar que nos parecemos a
los amantes de Teruel. A mí, como lo siento lo digo,
cambiarme de casa me excita. Y el botellón me lo pone a
huevo, porque si nos hemos ido trasladando no sólo es
porque yo tenga culillo inquieto, sino porque cuando
llegamos a un sitio todo siempre es ideal de la muerte,
gente aburrida y trabajadora de la que no hace ruido; en
fin, un coñazo, y de pronto, sistemáticamente, antes de
los dos años se nos llena el portal de los simpáticos
chicos del botellón, de los que no tienen alternativas,
los pobres, porque si por ellos fuera estarían a las
cuatro de la madrugada haciendo deportes de riesgo en los
polideportivos, o en el Museo del Prado, que es que hay
que joderse, no abre por la noche, con lo que a muchos de
ellos les gustaría visitar tipo afterhours la exposición
de La imagen de la mujer en Goya, y, sin embargo, no les
queda más remedio que beber hasta la extenuación, pero
no porque quieran, cuidado, sino porque la sociedad,
jobar, es la pera. Bueno, pues ya digo, no sé cómo nos
huelen estos muchachos, pero ayer, sábado, bajó mi santo
a que mi perrito echara la meadilla nocturna y subió con
la palidez de un muerto (superamante de Teruel) y me dijo:
'Ya están llegando, así empezó la otra vez'. Me asomé
a la ventana, había sólo tres muchachas aparentemente
inofensivas compartiendo una bebida en un ¡botellón! de
Coca Cola. No es que seamos paranoicos, pero dado que los
muchachillos nos van desplazando de casa en casa hacia la
carretera de A Coruña, uno se plantea si no hay una
conspiración para, en un plazo de diez años, habernos
colocado en la frontera, en Biarritz. Bueno, yo me adapto.
Biarritz no ha perdido su antiguo encanto: no hace falta
ir allí para ver los últimos tangos, pero es el sitio más
cercano donde una puede adquirir el Viagra femenino. Lo
digo por verle el lado positivo (y porque mi ginecóloga
me ha puesto al tanto).
Y
ahora va Zapatero y dice, con ese carácter de Anna
Magnani que está sacando, que va abrir un Ministerio para
la Juventud. Qué guay. Zapatero, desde aquí te lo digo:
si quieres abrirles un Ministerio, por favor te lo pido,
ponlo al lado de tu casa o en una zona impracticable,
como, por ejemplo, donde está Arco, o sea, a tomar por
culo. A mí la plaza esa, desértica, en la que hay un
cabezón mostrenco de Don Juan, me parece superapropiada
para practicar botellón. No molestarían a nadie y
encima, con sus alegres meadillas, convertirían aquel
erial en un vergel. Pero vamos, todo esto no es porque yo
esté en contra del botellón, no, no; yo he decidido
estar a favor de todo. Voy a ser una firmadora de
manifiestos compulsiva. Estar en contra no te compensa. Ni
anímica ni económicamente. Ya le dije a mi director que
debería tener un plus de peligrosidad por toda esa gente
que me llama pija, frívola, golfa..., etcétera, pero el
tío, nada, impertérrito. Me duele la boca de decírtelo:
Ceberio, súbeme el sueldo. Si no me lo subes me voy a
sentir como la Juani, la presunta amante de Jesulín, que
encima de que se expone y queda como una cualquiera tiene
el caché más bajo de todas las que salen. Me identifico
con la Juani.
Y
hablando de Arco: mi santo me quiso llevar en metro. Qué
chiquillo, piensa que aún me puede cambiar y hacerme
usuaria de los transportes colectivos. Menos mal que nos
pasó a recoger Teresa Alberti, la supersobrina del poeta,
que trabaja en la galería Almirante, porque si no a mí
en Arco no me ven el pelo. Dice Rosina (Gómez Baeza) que
la feria se les ha puesto perdida de visitantes, que habrá
que subir la entrada el año que viene (cuesta sólo 5.000
pelas). Pues a ver si nos disuaden. A mí me encantaría.
Y dice María (de Corral) que el coleccionista español no
se compra project room. Perdónales, María, es que aquí
estamos todavía en la horterada del cuadrito. Si yo no me
compro un project room, María, es porque para project
room la habitación de nuestros chiquillos los sábados
por la mañana. Si el año que viene la buenaza de Teresa
Alberti me contrata, le monto yo un project room que te
cagas: le dejo a los cenutrios durmiendo una noche y por
la mañana le tienen preparada una project room
hiperradical. Con olor incorporado. Olé mi sangre. Me
llevé un dibujito precioso de Marcelo Fuentes y salí de
Arco avergonzada por no haberme comprado un project room.
Pero es que mi santo me tiene dicho que si vuelvo a casa
con un project room me deja en la calle. Con los del
botellón. Claro que servidora, en vez de joven
alternativa, parecería una tía borracha. La edad, que no
perdona. Me voy dando cuenta de que me hago mayor en que a
mis amigos le están empezando a operar de la próstata. Y
conste que no lo digo por Rodríguez Rivero, que me tiene
la próstata como un niño de pecho.
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